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miércoles, 16 de junio de 2010

De ron y mar



Regla, Habana. 2 de julio de 1998.

Se levantó con resaca. Ese endemoniado ron de tetra brick estaba perforando su estómago poco a poco. Vomitó antes de dirigirse a la cocina para intentar desayunar algo. La madre oyó sus pasos y lo reclamó desde el cuarto:

Osmani, ven acá. No me has puesto la insulina ni me has dado el desayuno. ¿Es que nunca vas a pensar en tu madre? Anoche llegaste a las cinco y media.

Ya va, vieja respondió. Todo no va a ser trabajar y cuidar a mi madre, también necesito algo de diversión.

Antes de sacar la insulina de la nevera, volvió al baño para vomitar de nuevo. Hoy no desayunaría. No se le podía pedir otra cosa a un ron de 25 pesos. Ya llegaría el día en que pudiese probar de nuevo el Havana 7, como en los viejos tiempos.

Sacó la insulina: midió 10 unidades, la dosis habitual de la mañana, y se acercó con la jeringuilla a la habitación de la madre.

El panorama era terrible. La vieja yacía en bragas tendida sobre la cama, con sus casi 400 libras de peso a la vista de cualquiera que tuviese el valor de asomarse. Alrededor, montañas de ropa sucia, platos con restos de comida en el suelo y alguna cucaracha escalando las paredes. Tarea fácil para ellas, pues desde que vivían en aquella casa no habían podido encalar ni pintar... y 29 años son muchos años para unas paredes que tenían que soportar la humedad y el salitre de la bahía, a sólo 25 metros.

Pinchó el vientre de la madre, mecánicamente.

“Qué foca”, pensó. “Soy un cuidador de focas, horribles focas que no paran de devorar comida. Focas a las que debo alimentar cada día, a pesar de que no gano lo suficiente para mantenerme a mí mismo. Comida de focas, mi existencia se basa en conseguir comida para focas de cualquier manera. Asco de vida”.

Mira a ver qué encuentras en la panadería, quiero bollos y algo de yogur gritó la madre.

Podías ir tú, podías levantarte alguna vez de esa cama. Cuando te mueras voy a tener que tirar la pared de tu cuarto para poder sacarte respondió Osmani.

No estés hablando mierda, sabes que no me puedo mover, que cada vez que intento ponerme de pie se me baja la tensión y me mareo, y de lo de bajar la escalera ya ni hablamos.

Tendrás que tomarte la leche y el pan que sobró de ayer. No hay nada en el frío, y ya veré si consigo hoy algo por ahí, que la libreta la tenemos a cero.

Se puso la camiseta, sudada de la noche anterior, los únicos pantalones largos que tenía y las cholas de playa que le servían para todo. Bajó la escalera de un salto y se encaminó hacia el mercado, a ver si conseguía algo en dólares. ¿Dólares?

“Mierda, no me queda ni un chavito" recordó. "Habrá que ir al centro a resolver”.

Se montó en la lanchita, la que cruza la bahía desde Regla hasta el Museo Bacardi, la misma que habían secuestrado hace casi diez años cuatro vecinos suyos con cuatro cuchillos de cocina. En lugar de encontrarse con Miami, lo hicieron con una bala de 12 milímetros cada uno, que atravesó sus cabezas. El régimen no se andaba con chiquitas cuando se trataba de imponer condenas “ejemplarizantes”...

Pero hoy nadie iba a secuestrar nada. El día estaba soleado, y a pesar se no tener nada en el estómago, esbozó una sonrisa al ver que, desde el otro lado de la lancha, se acercaba Yudileisi con una de esas minifaldas que tanto le excitaban.

Hola bambino masculló la mulata—. ¿Dónde te has metido? No te veo desde hace dos semanas.

Lo de siempre flaca. Jineteando, dándole de comer a la vieja, y bebiendo por la noche en el malecón, poco más se lamentó Osmani. La que te has perdido eres tú, desde que te echaste ese novio francés. Qu'est-ce que vous avez fait?

No es mi novio, ya lo sabes, sólo me invita a mojitos en el Habana Libre. Ya sabes que ahora ya nos dejan entrar sin sobornar a nadie.

Mojitos, ya. Empiezas por los mojitos y acabas encima de él. ¿Vas a vivir así toda tu vida?

Mira, Osmani, tampoco tú eres un ejemplo de moralidad. Vives de contarles cuentos chinos a los yumitas y de ofrecerles mujeres replicó Yudileisi.

Yo no les ofrezco mujeres, los llevo a comer a paladares y a bailar en discotecas, no sé qué hay de malo en eso.

Sí, seguro que eso es todo lo que haces.

¿Qué vas a hacer ahora?, ¿no tienes un ratico? preguntó Osmani.

He quedado con Gianfranco, va a llevarme a Soroa, a los baños termales y al orquidario.

Venga, por un rato tarde que llegues no se va a ir. Tengo la llave del departamento de mi hermana, que cae al lado del Bacardi.

Déjate de Bacardis, que ya llego tarde. Otro día, hay más días que judías.

Realmente quería a aquella mujer. Quizá era la certeza de no poder poseerla lo que más le atraía de ella. Desde adolescentes se acostaban, y desde adolescentes tenía que soportar verla de la mano de los más profundos comemierdas, comemierdas italianos, alemanes, españoles, franceses, del “iuesei”, pero comemierdas al fin. Gordos, flacos, jóvenes, viejos, rubios, morenos... pero nunca cubanos, excepto él. Muchas veces no sabía si encajarlo como una suerte o como una desgracia. Él nunca se iría con una extranjera, o quizás sí, pero no con tantas extranjeras.

¿Por qué no te vienes conmigo?, ¿por qué no dejas a los yumas y empiezas con alguien que te quiera de verdad? susurró, agitándola por el antebrazo.

Cállate, imbécil, que te está oyendo todo el mundo. contestó, enfadada. ¿Y tú qué me vas a dar?, ¿una suegra a la que cuidar?, ¿una casa semiderruida?, ¿un pan duro para desayunar?

La soltó, apartándose entre la multitud que abarrotaba la lancha.

“Maldita zorra”, pensó. “Ojalá te peguen algo esos pervertidos”.

La lancha tocó tierra. Amarraron cabos y la gente comenzó a salir, despacio, sin mucha prisa. Parecía que no tenían sangre en las venas, o que la tenían congelada, como los lagartos cuando se va el sol. Aunque, con aquel pegajoso sol de agosto, cualquier lagarto debería estar en forma.

Cruzó la plataforma y plantó los pies en el cemento del muelle. Se dirigió a la Catedral. “Hoy es sábado”, pensó. Los sábados, toda Habana Vieja era inundada por mareas de turistas, de todos los colores y de todos los países. Prefería a los españoles, podía hablar con ellos sin esfuerzo, y muchos venían a su aire, sin el “todo incluido” que le daba poco margen a los que, como él, buscaban llevarlos a algún local donde tuvieran pactados un par de dólares por cada turista al que acompañaran. Hubiera podido acercarse a la estación de guaguas y buscar extranjeros allí, pero hoy no le apetecía moverse mucho. La vieja, además, esperaba por su bollo y tenía que estar pronto en casa para prepararle los frijoles. Sintió un escalofrío.

“Las doce”, pensó.

Con algo de suerte podría engañar a algún turista, volver a coger la lancha, ir al mercado, comprar un bollo y quizá unos gramos de puerco, hacer el almuerzo, volver a La Habana, seguir engañando a turistas, comprar un tetra brick de ron, beber y tocar la guitarra en el malecón, volver a casa, vomitar, masturbarse pensando en Yudileisi, vomitar, levantarse, pinchar la insulina a la foca...

Sintió que no podría hacerlo más. No tenía sentido repetir ese absurdo bucle, imitando a Sísifo, que debía empujar la piedra hasta la cima de la montaña, desde donde ésta volvía a caer por su propio peso, infinitamente. ¿Cuándo terminaría todo?, ¿cuando enfermara?, ¿cuando apareciese muerto en la cama una mañana? Solía engañarse con la idea de que Yudileisi se daría cuenta un día de lo que él la quería, y que preferiría un hombre pobre y honesto a un esapagueti putero. Pero hoy comprendió que no, que eso nunca sucedería, y que el único día feliz que le quedaba por vivir era el día de la muerte de su madre. Se sentó en un banco, turbado, descolocado, todo le daba vueltas. El corazón se le aceleró, y se mareó. La temperatura no ayudaba, y el estómago vacío tampoco. No podía levantarse. Pidió ayuda a una pareja de alemanes que pasaban, pero lo tomaron por un borracho y aceleraron el paso. Sintió de nuevo náuseas, y decidió que lo mejor era acostarse en el banco un rato. Se quedó dormido.

Despertó media hora después; un policía le zarandeaba los brazos y le preguntaba qué hacía allí a esas horas, bebido.

No he bebido, compañero, me ha dado un mareo respondió, molesto.

Si está malo vaya al policlínico, no se puede tirar en un banco y dar esa imagen de la ciudad. Fíjese, todo esto está lleno de turistas, y de ellos vivimos.

No se preocupe, en seguida me voy —respondió, educado.

Se levantó. La cabeza todavía le daba vueltas, pero al menos podía tenerse en pie. Se dirigió a la parada del camello, que quedaba a pocos metros. Quería volver a casa, pero no en lancha, no aguantaría ese trayecto por el mar y de pie. El camello daba la vuelta al final de la bahía, sorteándola. Pese a que el recorrido era más largo, a esa hora quizá podría ir sentado.

Subió y, en contra de lo que suele ser habitual en el camello, había varios asientos libres. Pagó el billete y se sentó al lado de una chica, adolescente, que aún no llegaba a los 15. Llevaba una falda azul, por encima de las rodillas, que le recordó vagamente a la de Yudileisi. Miró sus piernas, depiladas hasta la altura de la falda, que, al estar un poco replegada, dejaba a la vista el vello de los muslos, que la joven no había eliminado. El contraste entre las piernas lisas y los muslos con vello le resultaba un poco antiestético, aunque no por ello dejó de mirarlos. Dejó que su mano izquierda fuese cayendo disimuladamente entre sus piernas y las de ellas, como en un descuido. Ella percibió el contacto, pero no se apartó. Por el contrario, se acercaba cada vez más, apretando la parte lateral de sus muslos contra Osmani. Cuando estaba a punto de meter su mano bajo la falda, se acordó de la vieja, de Yudileisi, de la nevera vacía, de su mareo, de sus vómitos mañaneros y de la estupidez de sus días. Se dio asco a sí mismo al verse frotándose contra una niña. Se levantó y se bajó, sintiendo de nuevo el golpe del calor en la cabeza. Quedaban tres cuadras para su casa, y las recorrió a toda prisa. Subió la escalera, entró en su departamento y se acostó bruscamente en su cama, esperando a que la taquicardia pasara.

Osmani, ¿has traído algo para almorzar?, ¿me vas a tener a pan y leche? gritó la foca. Soy diabética, ¿es que no lo recuerdas? Ponme la insulina y prepara el arroz y los frijoles.

Ya voy mamá, dame antes media hora para preparar la carne que he traído. Quédate en la cama respondió.

Se levantó y fue a la cocina. Abrió la nevera y tomó la insulina inyectable. 100 unidades, suficiente para matar a un caballo. Se sentó en el viejo sofá del salón. Prendió la tele. Desnudó su brazo. Clavó la jeringuilla en su hombro y dejó fluir la insulina, antes de acomodarse, de lado, y echar una siesta.

jueves, 13 de noviembre de 2008

La noticia (ficticia) que Ramoncín siempre quiso leer


La SGAE cobrará a los latinoamericanos por usar el castellano

Madrid/Agencias


La Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) estudia con su equipo jurídico la posibilidad de “cobrar una tasa fija anual, actualizable según el IPC español” al conjunto de países latinoamericanos por emplear el castellano para la mayoría de sus comunicaciones. Eduardo Bautista García, más conocido como Teddy Bautista, ha manifestado que “más de 350 millones de hispanohablantes no españoles se han apropiado por las bravas y desde hace 500 años de un patrimonio lingüístico del que no han sido creadores ni autores”.

La postura que mantiene la SGAE se justifica en el origen del español, que evolucionó a partir del latín vulgar en el norte de Hispania. Los textos más antiguos que se conservan, las Glosas Emilianenses, de los siglos X-XI, sugieren que en las actuales provincias de Burgos y La Rioja se sitúan los autores y creadores del castellano. Los hoy propietarios de estos textos, la familia Emiliano, ha vendido a la SGAE los derechos de autoría, por lo que Bautista argumenta que esta sociedad es ahora “dueña legítima de los derechos del español”.

Los españoles, libres del impuesto

La ley española, no obstante, considera que todo bien artístico o cultural obra de un español “pasa a ser propiedad del pueblo en su conjunto a partir de los 100 años” (art. 169 CE), lo que significa que los españoles de origen no estarían obligados a pagar la tasa. Este precepto no se aplica fuera de las fronteras españolas, por lo que todos los hispanoablantes no españoles deberían pagar un impuesto “que aún está por fijar”. “Queremos negociar con los gobiernos de cada país, porque creemos que es la forma más sencilla de gestionar el pago. Cada Estado pagaría una tasa fija por habitante, con lo que el monto final dependería sólo de la población total de cada país, excluidos los indígenas y los que no usen el castellano habitualmente”, manifestó Bautista.

El problema surge con los inmigrantes latinos que viven en España, para los que se propone buscar "alguna alternativa generosa", en palabras del portavoz. "Se les podría hacer una rebaja del 50%, y la mitad restante la pagarían con la declaración de la renta, fraccionando el pago si así lo desean", añadió. El portavoz se quejó de que “con la miseria que nos pagan por la música original, los CD, regrabadoras de CD, DVD, MP3, teléfonos móviles, cámaras fotográficas, escáner, fotocopiadoras, pendrives, discos duros, por la reproducción de música en locales públicos, etc., no nos llega ni para empezar”. “Quien quiera cultura que se la pague”, concluyó.

viernes, 31 de octubre de 2008

La culpa es ¿de los padres?

La culpa, de H&M

Una amiga a la que no citaré (hazlo tú misma si te apetece en los comments) me manda esta imagen, que pone en cuestión la célebre frase del candidato Paíño (Santiago Segura) en Airbag: "La culpa es de los padres, que las visten como putas". La afirmación, reutilizada más adelante por el obispo de Tenerife, queda en entredicho al ver esta foto. Quizá la culpa sea de la cadena de ropa H&M. Aunque quizá Paíño y algún otro se referían a una franja de edad inferior, vete a saber.

Lo más curioso es que no se trata de un montaje, como pensaría cualquiera, ya que la propia cadena H&M tuvo que dar explicaciones de la foto, que se publicó en La Vanguardia.

A quien le gustaban más crecidas era a Helmut Newton, que para nada quiero comparar con los personajes recién mencionados a pesar de hablar de él a continuación. Newton, fallecido hace unos 4 años, es uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, y se encuentra de "visita" en Madrid hasta el 27 de noviembre. Nació en el Berlín de los años 20, judío, por lo que no es difícil imaginar la razón que le llevó a exiliarse muy joven en Singapur, desde donde fue deportado a Australia y alistado al ejército de ese país hasta el fin de la II Guerra Mundial.

Newton conoció el éxito en otras ciudades, después de los años de guerra: París, Londres y Nueva York, fundamentalmente. Aunque cultivó muchos géneros, hoy les pongo imágenes de retrato femenino, que llegó a obsesionarle. A pesar de la calidad de sus trabajos, podríamos decir que jugaba con ventaja al contar con una materia prima excelente. No les aburro más y juzguen ustedes mismos.


Generación X

Nos gusta mirar atrás para recordar de dónde venimos

Ahora que se empieza a hablar de la Generación Y, Generación Google o como quieran llamarla, quiero rendir homenaje ¿post mórtem? a mi generación, antes de que sea tan tarde que ni siquiera recordemos lo que significó la Generación X. Al margen de las tonterías tipo JASP (recordad el célebre anuncio de un coche en el que salía un estúpido joven aunque sobradamente preparado), creo que lo mejor de mi generación fue el cambio y cómo nos adaptamos a él.

No estoy de acuerdo con los que dicen que hemos sido una generación que lo ha tenido todo. Hemos sido, eso sí, la generación que lo ha visto todo. Parte de mi infancia fue "de barrio", como la que sale en Verano Azul o en Cuéntame: jugué en la tierra con los boliches (canicas cuando me fui a la península), perseguí gallinas en el corral del vecino, construí una caseta con maderas cerca de la casa de mis abuelos y jugué al cluedo con mis compañeros de calle. Luego crecí y empezaron a gustarme los juegos con interacción femenina: "beso, verdad, consecuencia" o la versión reducida, "beso", con una botella que giraba en los pisos bajos de un orensano centro comercial. Muchos de los Y no han tenido algún contacto con la tierra, las gallinas o los vecinos, y se han convertido en niños de habitación, consecuencia del pánico de sus padres a las ciudades en las que viven... se han socializado a través del messenger.

De pequeño recuerdo la tele en blanco y negro en casa de mis abuelos, o la tele en color en la de mi madre, pero siempre sin mando a distancia y sin vídeo. Usamos el teléfono fijo muchos años, pero vivimos la fiebre del móvil, los más afortunados gozaron del VHS y ahora lo hacen con el Blue Ray, llevábamos el walkman y ahora el mp4, nos movimos en guaguas con revisor y ahora en tranvías donde puedes decidir si pagas o no, vivimos la llegada del MSX, el Comodore o la Nintendo 8 bits como una auténtica revolución... y hemos llegado al Pentium con su execrable Vista y a la Play Station 3, aunque algunos de nosotros dejamos de comprender y usar los videojuegos con la Play 1.

No sé si a todos mis coetáneos les sucederá, pero me cuesta tener convicciones absolutas, dogmas e incluso fe en las cosas, quizá como consecuencia de tantos cambios que nos han enseñado que lo diferente y lo nuevo, también lo desconocido, puede ser mejor que lo familiar o lo tradicional. Creo que estamos más abiertos al cambio, que es algo positivo, pero a la vez nos puede faltar la convicción y las certezas que algunas veces ayudan. La obcecación puede ser buena compañera para conseguir ciertas cosas, y puede que a los X nos falta un punto de confianza para hacer lo que queremos. Pero en realidad, y a riesgo de parecer soberbio, tenemos la capacidad de ser un puente generacional y un instrumento para mejorar el presente. Estamos libres de la rigidez o el anquilosamiento de la generación anterior (llamémosla W) pero mantenemos muchos de sus principios o de su experiencia, siendo la última generación que de manera general mantiene la capacidad para retrasar las recompensas, es decir, de renunciar al placer inmediato y tolerar el sacrificio útil.

En fin, Aran me diría que parezco un abuelo.

jueves, 1 de mayo de 2008

La promiscuidad, enemiga de la natalidad


Estaba yo metido en la hemeroteca, rebuscando entre cajones polvorientos algo sobre la concentración racista de los vecinos de La Montañeta en 2006, cuando encontré una noticia tan disparatada como divertida. 30 de mayo de 2006, en La Opinión de Tenerife, aunque aquí transcribo el texto de Abc de la misma noticia, pues no he podido hallarla en la versión digital de La Opinión. Dice así:

El turismo en los tiempos de la infertilidad

No hay «causas endémicas» para la infertilidad en Canarias, pero Ali Mashlab, del Instituto Canario de Infertilidad, cree que la «demasiada alegría sexual» en el Archipiélago tras la explosión del turismo podrían ser una explicación.

Casi dos de cada diez canarios y canarias en edad fértil tienen algún problema para engendrar un niño. Según los expertos, las causas de la infertilidad están bastantes compartidas, ya que en el 40 por ciento de los casos ésta se debe a un problema de la mujer, otro 40 al hombre, y en un 20 por ciento de los casos se debe a problemas conjuntos. Los expertos niegan las «causas endémicas», pero sí que apuntan a la mayor incidencia de la diabetes juvenil o, incluso, la promiscuidad sexual durante la explosión del turismo, como posibles causas.

Que me lo expliquen. El texto de La Opinión era bastante similar, y no explicaba la disparatada conexión entre promiscuidad e infertilidad. Yo pensaba que la promiscuidad era una aliada de la natalidad, sobre todo a edades tempranas: adolescentes recalentados al sol de agosto, con la sesera sancochada, que se ponen a repartir amor por doquier sin las más elementales precauciones. Pero no, resulta que la promiscuidad causa infertilidad.

Además, siempre me ha molestado mucho esa asociación automática que tienen muchos peninsulares entre Canarias y paraíso sexual. Qué carajo es eso de que en Canarias hay mucha promiscuidad por el turismo. He vivido en Galicia, Asturias y Cataluña, y no he notado mucha diferencia en las costumbres sexuales de la gente. Si me apuran, dirían que los peninsulares son más liberales. Además, que los turistas copulan entre ellos, eso lo sabe todo el mundo: discotequita del hotel con barra libre y la irlandesa se enrolla con el holandés de turno que está un martes a las cuatro de la mañana sin nada mejor que hacer. El canario que podría haberse liado con ella estará durmiendo para levantarse a las seis y media a currar o estudiando para algún examen que le ha quedado.

Volviendo a la infertilidad, he estado dándole vueltas al asunto estos días. Incluso le he preguntado a una compañera de trabajo, que tampoco es médica, pero yoquesé, es sanitaria como yo. Entre risas me dijo que a lo mejor si gastas los espermatozoides con cualquiera, cuando te pones en serio al asunto de la procreación, resulta que ya no te quedan balas en la recámara. Tan graciosa como disparatada la teoría.

La noticia me recordó a las encíclicas del papa y a los curas y maestros franquistas que llenaban las cabezas huecas de los adolescentes con miedos a todo lo que pudiera ocasionar placer. El antihedonismo religioso que tanto repelús me da: "Las pajas son malas, te perforan el cerebro [quién lo hubiese dicho, al final era la carne de vaca]"; "La fornicación, pecado mortal, sólo el misionero, con tu mujer y sin condón".

Que alguien me saque de la ignorancia. Seguro que hay alguna relación promiscuidad-infertilidad además de las que he escrito aquí arriba. Agradezco sus posts. Y... ya saben, cuidado con andar por ahí con muchas/os, que luego se me quedan todos estériles.

martes, 18 de marzo de 2008

Olla quén fala


Catorce años después. El pibe de las islas, el negro, volvía a la ciudad de su niñez. Todo estaba más o menos como lo recordaba, excepto las distancias, que ahora eran sorprendentemente cortas, y los edificios, que relucían tras librarse de la capa de roña que antes cubría gran parte de las construcciones de más de un decenio de antigüedad.

Por un guiño de la tecnología, el pibe había conseguido el teléfono de una de sus compañeras de clase, de la clase del 92, de aquella clase de compañeros que nunca más volvió a ver. Ese teléfono le llevó a otro, el del primer amor, que nunca fue más allá de un beso en la mejilla y una sesión de cine: Mira quién habla, con palomitas y nervios, muchos nervios.

Catorce años daban para mucho, aunque en sus facciones parecían haber transcurrido sólo tres o cuatro. Ella había cambiado algo más, aunque mantenía su complexión asténica y su mirada azul y directa; una mirada tan fija que él sólo la pudo devolver en un par de ocasiones.

La vio a las diez y media, bien de noche, un lunes. En la puerta del mismo colegio en el que compartieron pupitres, cuchicheos, risas y miedos... Miedos provocados por maestros excéntricos, algunos necesitados de una buena dosis de Prozac que en ese entonces no podían conseguir, y que lo sustituían por berridos e insultos, bofetones, tirones de oreja, disparos de tiza e incluso ejercicios de esgrima ante un público tan joven como atónito.

Callejearon por la zona vieja hasta un bar de copas, de rojos y de humo asfixiante. Diez cañas y veinte cigarros dan para mucho, y hubiesen dado para más si el camarero no los hubiese barrido a las cuatro, después de, eso sí, haberlos invitado a la última. Y antes, sobre la mesa, las excentricidades del de Sociales, las chuletas desplegables en el examen de Historia, las prácticas de disección con ojos y corazones de ternera, las cintas de Elvis y Roy Orbison que se intercambiaban, los motes originales, los motes despectivos que hundieron a más de dos, las tardes jugando a beso verdad consecuencia, los verbos irregulares en gallego (impronunciables a veces para un canario)... En mitad de la noche, entre la cuarta y la quinta caña, la confesión que más había conmovido al pibe en sus veintiocho años: "Me dio miedo tanta felicidad, me aterrorizaron tantos sentimientos mezclados, y a pesar de lo que sentía, preferí volver a una monotonía más estable".

Se despidieron, con lágrimas contenidas y la esperanza de compartir otras diez cañas en cualquier rincón del mundo. Quizá dentro de otros catorce años ella ya no sea librera ni él trabaje en un hospital. Pero seguro que les quedarán historias para sacudirse mutuamente los posos del recuerdo.


viernes, 11 de enero de 2008

El himno de España: Pemán contra Cubero


Dice llamazares que si Pemán levantara la cabeza denunciaría la letra del himno (aún no aprobado) por plagio. José María Pemán fue un poeta andaluz que nació a finales del XIX, monárquico, articulista de Abc y que, en la Guerra Civil, se dedicó a dar discursitos en el frente y a visitar soldados heridos en el lado nazional. El caso es que este hombre se inventó un himno que nunca fue oficial, pero que obligaban a memorizar en las escuelas de la posguerra.

No le falta razón a Llamazares. Parece como si el tal Cubero hubiese metido el himno de Pemán en una batidora y hubiera recompuesto los pedacitos de manera aleatoria. Y encima ya tiene a la SGAE detrás, que ha propuesto la letra junto al Comité Olímpico Español (COE), al olor de la lluvia de euros que dejarán los derechos de autor (a éstos les toca el gordo todos los días).

Pondré a la izquierda el himno de Pemán y a la derecha el de Cubero, el famoso parado manchego, aunque bien podrían ir los dos a la derecha si la informática fuese un poco más avanzada.

Himno de Pemán


Viva España
alzad la frente hijos
del pueblo español.

que vuelve a resurgir.

Gloria a la Patria

que supo seguir

sobre el azul del mar

el caminar del Sol.

Triunfa España

los yunques y las ruedas

canten al compás

un nuevo himno de fe.

Juntos con ellos
cantemos de pie

la vida nueva y fuerte

de trabajo y paz.

Himno de Cubero


¡Viva España!
Cantemos todos juntos

con distinta voz
y un solo corazón

¡Viva España!
desde los verdes valles
al inmenso mar,
un himno de hermandad
Ama a la patria
pues sabe abrazar,
bajo su cielo azul,
pueblos en libertad
Gloria a los hijos
que a la Historia dan
justicia y grandeza
democracia y paz.


De entrada, vemos que tienen el mismo número de versos, si bien podría alegarse que esto es así porque la melodía es la misma y la letra debe adaptarse a ella. Pero si seguimos leyendo, encontraremos multitud de analogías, muchas más de las que podríamos intuir al primer golpe de vista.

Los dos himnos empiezan igual, con el socorrido “Viva Ejpaña”. El segundo y tercer verso actuales, “cantemos todos juntos con distinta voz”, es análogo al “juntos con ellos cantemos de pie”; versos 13 y 14 de Pemán.

La cosa no se queda aquí, no crean, porque incluso se utilizan sustantivos iguales para hacer referencias a la geografía española. Así, el mar es “inmenso” para Cubero y “azul” para Pemán”. Pemán utilizó también el azul, pero decidió reservarlo para el mar, menos contaminado en aquella época. Curiosa elección de color; ambos se decantan por el azul en vez de echar mano de los más patrióticos rojo o amarillo.

Seguimos con la copiadera, porque el “himno de fe” pemaniano se sustituye por el más políticamente correcto “himno de hermandad”. La “gloria a la patria” en la posguerra es hoy “amor a la patria”, ya que la gloria se reserva hoy “a los hijos” (de la patria, supongo yo). Y no crean que los hijos son un elemento nuevo, porque también estaban presentes en el himno progresista del andaluz: “Alzad la frente hijos del pueblo español”.

Para rematar la cancioncita, nos quitan lo único que nos podía venir bien, el curro. Y es que la “vida nueva fuerte de trabajo y paz” es sustituida por una vida sin trabajo pero con " justicia" (éstos no se ha dado una vuelta por los juzgados), "grandeza" (tampoco han visitado un minipiso tipo Trujillo), "democracia" (eso dicen) y "paz" (si la definimos como ausencia de guerra, podría valer).

Les dejo con la versión de Leonardo Dantés, más original aunque igual de patética. A ver qué les parece.


miércoles, 3 de octubre de 2007

Incomunicando


―Eso ya te lo he dicho antes ―me espetó.

“Se creerá que escucho todas las gilipolleces que suelta por la boca”, me dije.

―Pues no, salir de un hotel a las cuatro de la tarde empapado en sudor no es tan extraño, sobre todo en pleno agosto ―agregué con ironía―. Además, lo que haga yo o deje de hacer por La Laguna es mi problema... ni que estuviéramos casados.

―Yo no lo veo tan normal, sobre todo cuando me dices que no me verás por la tarde porque tienes que ir a ver a tu vieja al norte. Y, qué casualidad, medio minuto después que tú sale esa de la que siempre dices que “sólo hay una vieja amistad” ―me respondió.

Me sentí agotado, física y mentalmente. Una tarde perdida entre buscar aparcamiento, sacar dinero, hacer cola en el hotel y pelearme por la mejor habitación para darle una sorpresa en su puto cumpleaños... Y encima tenía que aguantar esta mierda. A ver quién le explicaba que Sonia trabajaba en la recepción los viernes por la tarde y me haría mejor precio para el fin de semana. “Que se joda, por desconfiada”, pensé.

―Fui al hotel porque me apetecía verlo por dentro, y ella no sé qué hacía allí. No voy preguntándole a la gente por qué va a cada sitio. Además, es la segunda vez que te pregunto que qué coño hacías allí tú ¿Me persigues todos los días o sólo ocasionalmente?

―Ya te lo he dicho. Que te follen ―gritó―. Que te follen bien follado.

―Sí, espero que alguien me joda bien alguna vez.

―No creo, con esa polla de palichoc nunca vas a disfrutar de un buen polvo.

―Fuera de mi vida, maldita zorra.

―Cerdo ―chilló llorando―.

Y desapareció para siempre.

―¿Y tú qué coño hacías en el hotel a esa hora?; ¿no tenías que ir al dentista? ―repuso enfadado.

―Eso ya te lo he dicho antes ―le espeté.

“Este cerdo me la juega y luego me somete a un interrogatorio”, pensé. No iba a decirle cómo me había enterado de lo de su zorrita particular en el Aguere. Jugaría con ventaja, sabiéndolo todo y poniéndolo contra las cuerdas.

―Pues no, salir de un hotel a las cuatro de la tarde empapado en sudor no es tan extraño, sobre todo en pleno agosto ―agregué con ironía―. Además, lo que haga yo o deje de hacer por La Laguna es mi problema... ni que estuviéramos casados ―agregó.

―Yo no lo veo tan normal, sobre todo cuando me dices que no me verás por la tarde porque tienes que ir a ver a tu vieja al norte. Y, quá casualidad, medio minuto después que tú sale esa de la que siempre dices que “sólo hay una vieja amistad” ―añadí con sorna.

No sólo se la follaba, sino que además le pagaba. Ventajas que tiene curiosear en el móvil de tu novio... El día antes le había visto un sms de Sonia que decía: “Vente al Hotel Aguere esta tarde. Te haré un precio excepcional. Intentaré conseguir la suite”. Y ahora estaba a la defensiva ante lo evidente.

―Fui al hotel porque me apetecía verlo por dentro, y ella no sé qué hacía allí. No voy preguntándole a la gente por qué va a cada sitio. Además, es la segunda vez que te pregunto que qué coño hacías allí tú ¿Me persigues todos los días o sólo ocasionalmente?

―Ya te lo he dicho. Que te follen ―grité―. Que te follen bien follado.

―Sí, espero que alguien me joda bien alguna vez

―No creo, con esa polla de palichoc nunca vas a disfrutar de un buen polvo ―respondí.

―Fuera de mi vida, maldita zorra.

―Cerdo ―grité gimiendo―.

Y desaparecí para siempre.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Sedúceme


¿Tendrá algo de científico la seducción? No me suele resultar complicado comprender la parte empírica de la realidad, esa zona de lo perceptible que se puede tomar, fragmentar y recomponer, y que está hecha de partes más sencillas que conforman un todo. Soy un personaje muy empírico, como me han dicho alguna vez. Lo malo es que gran parte de lo que nos rodea no es así; no es sometible a la formulación de hipótesis, a la experimentación, verificación y todas esas cosas que un profesor seguramente te enseñó alguna vez.

Un soltero empedernido siempre se pregunta si la seducción es una ciencia o un arte. Hay algunos intentos de abordar de una manera científica este conjunto de juegos y estrategias, con resultados, pienso, muy pobres. Nunca he asistido a los cursos sobre técnicas de seducción, ahora tan de moda (he visto muchos este año, anunciados en cabinas telefónicas de mi ciudad). Tampoco he leído libros sobre el asunto, aunque ojeando la red he encontrado que un tal Óscar Garrido escribió uno que se llama La ciencia de la seducción. El prólogo es muy de Teletienda a las 5 de la mañana: “El libro cubre todas las posibles situaciones con las que puedes tener que enfrentarte al seducir a una mujer, y te muestra exactamente qué HACER y qué DECIR para salir vencedor de cada una de ellas”. Y una mierda, es lo que pienso yo. Si lo has leído, postéame tu opinión ahí debajo.

A pesar de mi habitual escepticismo (en todas las facetas), a veces me pregunto: ¿hay alguna conversación tipo para abrir el canal de comunicación con la otra persona?; ¿a alguien le ha funcionado alguna vez el sencillo: “hola, ¿cómo te llamas?”. En mi caso, que soy muy empírico como ya dije antes, si estoy en un bar y una chica me entra por los ojos, da igual que me hable sobre la masonería cubana en tiempos de Martí o sobre el precio de los pintalabios en el Carrefour (aunque me sentiría más tranquilo y seguro con la segunda).

En veintiocho años no he logrado aproximarme a un método de seducción. Las experiencias que recuerdo son todas muy dispares, en escenarios diferentes y con estrategias a veces opuestas. La más fresca en mi memoria fue un tanto absurda: una chica se aproxima y hace un par de comentarios sobre una chaqueta que iba a colgar a nuestro lado, comentarios que entiendo mal (eso lo sabría días más tarde) e interpreto como un intento de acercamiento. Extrañado porque una chica tomara la iniciativa conmigo (o con el de al lado), y temeroso ante la posibilidad de que mi colega tuviese más reflejos, me levanté y me acerqué a ella. Animado por las cervezas de más, comencé con el gastado recurso del “¿cómo te llamas?” y la también manida invitación a una copa (cerveza, otra más). Quince minutos y un par de bares después, el pescado estaba vendido y yo sin acabar de creérmelo.

Ciencia o arte, una cosa esta clara: los guapos ligan más, los altos ligan más, los guiris ligan más y “valen más unos buenos grelos que unas buenas ideas” (la frase no es mía; la tomo prestada del que me acompañaba aquella noche de las chaquetas y las cervezas).

miércoles, 29 de agosto de 2007

¿Seré un sofista?


Lo malo de tener un blog de estos es que te das cuenta de lo efímeras que son las opiniones (mejor, tus opiniones), en particular cuando escribes sobre cosas tan volátiles como las motivaciones para viajar o los efectos de la ingestión masiva de cerveza sobre la percepción de los personajes que habitan un céntrico bar de La Laguna.

Si lees las chorradas que escribiste hace seis días y te parece que las ha escrito algún imbécil, puede que seas un imbécil o un sofista. Hoy, al menos, me quedo con que soy un sofista, que suena más atractivo.

Según la Güiquipedia, el sofista domina “las palabras para ser capaz de persuadir a otros”. Puede “convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles. [...] Se trata, pues, de adquirir el dominio de razonamientos engañosos. El arte de la persuasión no está al servicio de la verdad sino de los intereses del que habla”.

Mis amigos suelen decirme que soy cabezón y testarudo. Mis amigas, sobre todo algunas, me dicen eso y otras cosas que no vienen al caso. En realidad, por llevarles la contraria y así darles más la razón, a mí me parece que no soy cabezón sino, como he dicho antes, sofista.

Qué bonito es poner a prueba las convicciones de los demás y la fortaleza de sus argumentos, que en la mayoría de las ocasiones es muy escasa... Siempre me pongo del otro lado para así poder oír argumentos de todo tipo, y así poder llevar la contraria con más éxito en otras circunstancias y frente a auditorios más preparados.

Los más difíciles de rebatir, a la par que eficaces en tabernas, cafeterías de facultad y antros similares, son los argumentos viscerales. Cuántos aplausos se lleva el mago que afirma: “Tú lo que eres es un facha franquista”; o “si nos lleváramos por la izquierda, De Juana Chaos sería el próximo presidente del Gobierno”. Cuanto más ignorante es el auditorio, más se exalta con esos argumentos, de manera que de poco servirá que a continuación el rival dialéctico intente dar razonar lógicamente y dirigirse a la razón, pues el hemisferio emocional del cerebro (el derecho) se habrá hecho con el control de las cabezas del público.

Conviene dominar este tipo de argumentos, en especial cuando no se es muy brillante, el auditorio es muy burro o vas perdiendo la discusión. En mi caso se suelen juntar las tres cosas, en especial la primera, pero tengo la ventaja de conocer muchos argumentos viscerales que me han proporcionado todos aquellos a los que les he llevado la contraria en algún momento.

A lo mejor resulta que no soy sofista ni imbécil, sino, como me dijo Tomy una vez, un “posmoderno”. He leído por ahí que hasta la posmodernidad está pasada de moda, y lo que se lleva ahora es el giro lingüístico (acojonante, ¿verdad?). Espero no haberme quedado desfasado en la posmodernidad, tan peligrosa según Benedicto XVI y sus antecesores: “el relativismo moral y la posmodernidad, os llevará al infierno, a la ausencia de valores, a la fornicación”. Y si me he quedado ahí anclado, ojalá que los tres castigos vayan juntos y no me toquen el infierno y la ausencia de valores.

NOTA DERECHOS DE AUTOR: La foto me la ha "prestado" Abraham; no me he podido resistir a robarla de su blog.