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domingo, 6 de abril de 2008

Mi Hyundai Accent


Tengo un coche nuevo. Es del año 1999 (no como el de la foto), pero para mí es nuevo. Y es que lo acabo de comprar. Ya tiene cosas de viejo. Como les pasa a algunas personas, que se van avejentando siendo aún jóvenes. Tiende a írseme a la derecha, cosa que pasa con los años. Yo le tiro para la izquierda, pero él sigue erre que erre. No le gusta correr, y a más de 100 se lamenta profundamente. También me pierde algo de aceite, aunque creo que eso no es exclusivo de los viejos.

Recuerdo con nostalgia al difunto Golf. Ése si que era un señor coche. Éste es joven, inexperto, y yo lo veo aún plano, inerte; no despierta en mí simpatía u odio, nada en absoluto. Le faltan experiencias que le den algo de personalidad. Ninguna mujer me lo ha estrenado aún, así que no he podido decir lo de “ése no es el pito que debes tocar” u otras cosas que nos cantaban Los Inhumanos. Tampoco lo he rozado o abollado, así que ninguno de los accidentes de su gris chapa me dice nada.

La Guardia Civil no me ha parado con él. Tampoco me han multado por aparcarlo mal. Ninguna ex novia resentida me lo ha rayado. No me ha dejado tirado en medio de la autopista, ni ha atropellado a ningún animal. Démosle, no obstante, una oportunidad.

martes, 26 de febrero de 2008

Las 21 mentiras



No voy a presentarles una novedad, ni nada en exclusiva... Tosco se ha hecho muy popular en la red con sus 21 mentiras, y no le falta demasiado para conseguir el medio millón de reproducciones en Youtube. Lo vi en vivo el pasado viernes en el lagunero Café Teatro Siete y, casualmente, hoy me lo envía una amiga ¡que vive en Bilbao! Gracias Aran.

Como se dice por ahí, no están todas las que son pero sí son todas las que están. Después de una rápida lectura de la letra, creo que la única que no he utilizado nunca es la séptima, ya que sólo fumo en banquetes/bodas/comuniones y aún no me ha dado por dejar este esporádico vicio.

Para reírse un rato. Perdonen tanto tiempo de ausencia mis posibles lectores.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Incomunicando


―Eso ya te lo he dicho antes ―me espetó.

“Se creerá que escucho todas las gilipolleces que suelta por la boca”, me dije.

―Pues no, salir de un hotel a las cuatro de la tarde empapado en sudor no es tan extraño, sobre todo en pleno agosto ―agregué con ironía―. Además, lo que haga yo o deje de hacer por La Laguna es mi problema... ni que estuviéramos casados.

―Yo no lo veo tan normal, sobre todo cuando me dices que no me verás por la tarde porque tienes que ir a ver a tu vieja al norte. Y, qué casualidad, medio minuto después que tú sale esa de la que siempre dices que “sólo hay una vieja amistad” ―me respondió.

Me sentí agotado, física y mentalmente. Una tarde perdida entre buscar aparcamiento, sacar dinero, hacer cola en el hotel y pelearme por la mejor habitación para darle una sorpresa en su puto cumpleaños... Y encima tenía que aguantar esta mierda. A ver quién le explicaba que Sonia trabajaba en la recepción los viernes por la tarde y me haría mejor precio para el fin de semana. “Que se joda, por desconfiada”, pensé.

―Fui al hotel porque me apetecía verlo por dentro, y ella no sé qué hacía allí. No voy preguntándole a la gente por qué va a cada sitio. Además, es la segunda vez que te pregunto que qué coño hacías allí tú ¿Me persigues todos los días o sólo ocasionalmente?

―Ya te lo he dicho. Que te follen ―gritó―. Que te follen bien follado.

―Sí, espero que alguien me joda bien alguna vez.

―No creo, con esa polla de palichoc nunca vas a disfrutar de un buen polvo.

―Fuera de mi vida, maldita zorra.

―Cerdo ―chilló llorando―.

Y desapareció para siempre.

―¿Y tú qué coño hacías en el hotel a esa hora?; ¿no tenías que ir al dentista? ―repuso enfadado.

―Eso ya te lo he dicho antes ―le espeté.

“Este cerdo me la juega y luego me somete a un interrogatorio”, pensé. No iba a decirle cómo me había enterado de lo de su zorrita particular en el Aguere. Jugaría con ventaja, sabiéndolo todo y poniéndolo contra las cuerdas.

―Pues no, salir de un hotel a las cuatro de la tarde empapado en sudor no es tan extraño, sobre todo en pleno agosto ―agregué con ironía―. Además, lo que haga yo o deje de hacer por La Laguna es mi problema... ni que estuviéramos casados ―agregó.

―Yo no lo veo tan normal, sobre todo cuando me dices que no me verás por la tarde porque tienes que ir a ver a tu vieja al norte. Y, quá casualidad, medio minuto después que tú sale esa de la que siempre dices que “sólo hay una vieja amistad” ―añadí con sorna.

No sólo se la follaba, sino que además le pagaba. Ventajas que tiene curiosear en el móvil de tu novio... El día antes le había visto un sms de Sonia que decía: “Vente al Hotel Aguere esta tarde. Te haré un precio excepcional. Intentaré conseguir la suite”. Y ahora estaba a la defensiva ante lo evidente.

―Fui al hotel porque me apetecía verlo por dentro, y ella no sé qué hacía allí. No voy preguntándole a la gente por qué va a cada sitio. Además, es la segunda vez que te pregunto que qué coño hacías allí tú ¿Me persigues todos los días o sólo ocasionalmente?

―Ya te lo he dicho. Que te follen ―grité―. Que te follen bien follado.

―Sí, espero que alguien me joda bien alguna vez

―No creo, con esa polla de palichoc nunca vas a disfrutar de un buen polvo ―respondí.

―Fuera de mi vida, maldita zorra.

―Cerdo ―grité gimiendo―.

Y desaparecí para siempre.

martes, 25 de septiembre de 2007

Viva el San Fernando...


Recuerdo con especial intensidad mi primer año de universidad. Llegué a La Laguna en el curso escolar 1997/1998 (qué miedo, hace casi 11 años) y mi primer hogar fue el Colegio Mayor San Fernando. Ese año significó el fin de una época en el Sanfer, pues fue el último antes de su cierre por obras, que se prolongaría durante muchos más tiempo de lo esperado. Según he oído, el colegio mayor con más tradición y solera (¿qué significa solera?) en aquel entonces ya no ha vuelto a ser lo que era tras su reapertura, víctima de la burocracia y la inundación de funcionarios.

El curso transcurrió entre novatadas para los capullos (así nos llamaban a los novatos), las tres o cuatro fiestas que dimos (cobrábamos entrada y, coño, se llenaba de gente de fuera), los pancazos y submarinos, las caderas de Paula, las resacas de sopa y paella, el campeonato de pin-pon, los Consejos, los destrozos de Ferrete, las rosas de Cosme a Reyes, los piñazos de Howard y, para mi, los madrugones para entrar a clase de Fisioterapia, las coladas en casa de mi tía, la habitación doble para mí solo, los mejores carnavales de mi vida, la independencia de la prisión materna (lo siento mami, te quiero mucho) y la abstinencia sexual forzosa.

Las novatadas no fueron nada del otro mundo, la verdad... nos llevaron a las catacumbas, que en realidad era una buhardilla enorme, sin iluminación, totalmente oscura, de paredes sin encalar y con cientos de muebles apilados (hoy convertidas en maravillosas salas de estudio). Las catacumbas alimentaban todo tipo de leyendas: comunistas que fotocopiaban sus panfletos antifranquistas en la discreción de aquel espacio, fantasmas de antiguos colegiales que se suicidaron o murieron abatidos por los grises o ratas gigantescas que de cuando en vez bajaban a las habitaciones de los capullos.

Los pancazos y los submarinos eran lo más desagradable del colegio. Me llevé uno de cada en un año, que creo que no estaba tan mal para ser un capullo. Los primeros consistían en un aporreamiento de alta intensidad de la puerta de tu habitación, a mano abierta o con puño cerrado, a altas horas de la madrugada, normalmente protagonizados por los alumnos más veteranos, que llegaban de juerga y se iban corriendo después de su vil acto. Recuerdo una fuerte taquicardia y el resto de la noche en vela.

Los submarinos eran lo más repulsivo que he visto nunca, contando los diez años posteriores, aunque si hubiese podido elegir hubiese preferido cinco submarinos a un pancazo. La receta de esta delicatessen, con algunas variables, es simple: preparamos un cubo grande, al que le añadimos toda clase de hediondadas, incluyendo heces, esputos, orina, huevos podridos, cemento y demás ingredientes. Se deja reposar toda la noche, en el suelo, semi inclinado y apoyado contra la puerta de la habitación del comensal, que lo recibirá con agrado por la mañana, en el propicio momento en que sale disparado a la facultad.

Sobre lo demás me extenderé en siguientes post; las caderas de Paula, tan rítmicas como cubiertas de ropa, alimentaban la imaginación post púber de la mitad del colegio mayor, constituyendo un material de primera para el onanista; la comida del comedor (“y la cocina te maltrata... con tortilla”, decíamos, destrozando una canción de los Celtas), los certeros golpes que recibieron de manos de Howard seis o siete gamberrillos... tengo material para varios meses.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Sedúceme


¿Tendrá algo de científico la seducción? No me suele resultar complicado comprender la parte empírica de la realidad, esa zona de lo perceptible que se puede tomar, fragmentar y recomponer, y que está hecha de partes más sencillas que conforman un todo. Soy un personaje muy empírico, como me han dicho alguna vez. Lo malo es que gran parte de lo que nos rodea no es así; no es sometible a la formulación de hipótesis, a la experimentación, verificación y todas esas cosas que un profesor seguramente te enseñó alguna vez.

Un soltero empedernido siempre se pregunta si la seducción es una ciencia o un arte. Hay algunos intentos de abordar de una manera científica este conjunto de juegos y estrategias, con resultados, pienso, muy pobres. Nunca he asistido a los cursos sobre técnicas de seducción, ahora tan de moda (he visto muchos este año, anunciados en cabinas telefónicas de mi ciudad). Tampoco he leído libros sobre el asunto, aunque ojeando la red he encontrado que un tal Óscar Garrido escribió uno que se llama La ciencia de la seducción. El prólogo es muy de Teletienda a las 5 de la mañana: “El libro cubre todas las posibles situaciones con las que puedes tener que enfrentarte al seducir a una mujer, y te muestra exactamente qué HACER y qué DECIR para salir vencedor de cada una de ellas”. Y una mierda, es lo que pienso yo. Si lo has leído, postéame tu opinión ahí debajo.

A pesar de mi habitual escepticismo (en todas las facetas), a veces me pregunto: ¿hay alguna conversación tipo para abrir el canal de comunicación con la otra persona?; ¿a alguien le ha funcionado alguna vez el sencillo: “hola, ¿cómo te llamas?”. En mi caso, que soy muy empírico como ya dije antes, si estoy en un bar y una chica me entra por los ojos, da igual que me hable sobre la masonería cubana en tiempos de Martí o sobre el precio de los pintalabios en el Carrefour (aunque me sentiría más tranquilo y seguro con la segunda).

En veintiocho años no he logrado aproximarme a un método de seducción. Las experiencias que recuerdo son todas muy dispares, en escenarios diferentes y con estrategias a veces opuestas. La más fresca en mi memoria fue un tanto absurda: una chica se aproxima y hace un par de comentarios sobre una chaqueta que iba a colgar a nuestro lado, comentarios que entiendo mal (eso lo sabría días más tarde) e interpreto como un intento de acercamiento. Extrañado porque una chica tomara la iniciativa conmigo (o con el de al lado), y temeroso ante la posibilidad de que mi colega tuviese más reflejos, me levanté y me acerqué a ella. Animado por las cervezas de más, comencé con el gastado recurso del “¿cómo te llamas?” y la también manida invitación a una copa (cerveza, otra más). Quince minutos y un par de bares después, el pescado estaba vendido y yo sin acabar de creérmelo.

Ciencia o arte, una cosa esta clara: los guapos ligan más, los altos ligan más, los guiris ligan más y “valen más unos buenos grelos que unas buenas ideas” (la frase no es mía; la tomo prestada del que me acompañaba aquella noche de las chaquetas y las cervezas).

jueves, 23 de agosto de 2007

... y encima nos cierran el Blues Bar


Se me ocurren pocas cosas peores que trabajar en agosto. Entre ellas, irse de vacaciones en agosto, soportando retrasos y cancelaciones, calores, hordas de turistas, ciclones y huracanes, terremotos, piscinas recalentadas con pis de niño o playas llenas de toallas colocadas como en el Tetris.

Me gustaría dedicar esta entrada a los currantes del verano, muy especialmente a los laguneros, con los que siento más empatía por razones obvias. Y es que alguien tendrá que poner en forma a los barrigones que quieren descamisarse en la playa (Hugo, otro agosto más pringando); limpiar los portales de los que se van de vacaciones (Alex, no limpies mucho, están fuera y no lo notarán); defender a los empresarios que en verano, más que nunca, tienen pleitos por despido (Tere, suerte que al menos libras los últimos días de este mes); recoger las semillitas de las plantas de flores estivales (Moi, no vale la pena, ya todo ha ardido) o contar para la agencia Efe cómo se lían a mamporros los diputados bolivianos (Abraham, dales MAS caña).

Para los que vivimos en La Laguna (sólo hay uno, por cierto, entre los arriba mencionados), agosto se hace más cuesta arriba si cabe por el cierre unilateral del Blues Bar (cierre temporal, eso sí, no se asusten... sólo por este mes). Unilateral e impresentable, ya que Nardo ha procedido sin consultas previas, sin buscar consenso de ningún tipo y sin siquiera tener en cuenta a sus clientes. Qué será de mi amigo Manchego, con un aroma que crea vacíos imposibles a su alrededor en un local siempre abarrotado; de la deseada Silke, piercing en boca y tatoo que comienza en la baja espalda y aún no sé dónde termina; del traboso solitario que se intentaba ligar a Maddalena; de Lola y sus amigas (la tímida, la hiperactiva y la que se lió con mi colega); del marroquí de apariencia francesa, con su vaso de vino y sus historias de pibes con medidas judiciales; del camarero guapo, del camarero gordito, del camarero rizoso, del camarero nuevo (Nardo, ponnos más camareras, o trae a las del Época); de la morena con gafas que siempre me quiere morder los pezones en público (más suave, por favor, un día me los arrancas); de la profesora de francés que suele hacer algún comentario sobre la procedencia (o improcedencia) de mi camisa (a ver si me dices tu nombre un día); de los exnovios de mis exnovias; de los amigos (amigas en realidad, no nos engañemos) de mi compañero de piso; de la rubia de La Palma; del ingeniero del astrofísico, con comentarios tan improcedentes cuando se emborracha; del hardcorito agresivo que me amenazó de muerte por no darle la cartera (mil gracias a todos los que me escoltaron hasta un lugar seguro, especialmente a Dani).

El exilio, sólo nos queda el exilio al O´Clock, al Chola o a La Jarrita. Los menos escrupulosos, a La Herradura, La Orchila e incluso El Granero. Ánimo, quedan ocho días escasos de agosto, y espero que Nardo abra el primero de septiembre.

NOTA: Todos estos personajes son de ficción. Si alguien se reconoce en alguno de ellos, que sepa que es víctima de su egocentrismo.